CAMINO A SANTIAGO
25 noviembre 2010 1 comentario
La noche en que llegues, asumo que será de noche y de madrugada, empezará para mí un viaje que no acabará hasta el día en que me muera. Será el día en que tendrás todas tus raíces en la tierra y todos tus recuerdos en mi memoria, que se irá fortaleciendo en la medida en que pasen los años y tengas más seres por decir adiós.
Te escribo estas líneas, aun un poco antes que nazcas, un poco antes de tenerte en mis brazos, para que desde el primer día en que eso pase, te cuide siempre, te proteja siempre y te apoye en todo siempre.
Cada día que te veo crecer y moverte en el vientre de tu madre es la experiencia más gratificante que he tenido en mi vida, eres la vida que tanto ansiábamos tu mamá y yo. Cada día que pasa simplemente espero que llegue el día en que tengamos en nuestros brazos y enseñarte todo el largo camino que te tocará recorrer hasta el día en que decidas seguir tu vida al lado de otra persona para formar tu hogar y tener tu propia familia.
No voy a mentir, también me da miedo pensar en todo lo que vendrá con tu llegada: las madrugadas interminables, los llantos inconsolables, las frases ininteligibles, tus pedidos incomprensibles, las miradas de desolación y de temor, los primeros pasos y tus primeros tropiezos. Pero todo eso es lo que hace a la vida, vida. Por ahora solo sé que estaremos a tu lado para ayudarte en todo lo que necesites y sea necesario, y si es posible, más.
Hoy, que está muy próxima tu llegada a nuestra vida de forma absoluta, solo puedo decir que cada día que pasa en mi vida pienso en cuántas cosas tengo por enseñarte, y más aun pienso en todo lo que aprenderé de ti. Amor es una palabra que va quedando corta para decir lo que yo ya siento por ti, porque te amo desde el momento en que tu mamá y yo sospechábamos que ya estabas en nuestras vidas, creciendo desde la unión de dos células, hasta que te vimos por primera vez en una ecografía a colores y descubrimos tus labios, tus deditos, tus brazos y tu piernas, y la certeza que serías un niño.
Para mí tu nombre guarda la relación con una historia increíble y real: el viaje por el camino de Santiago. Una historia que si bien no la he vivido de cerca, la conozco desde años y me cautivó de golpe y de instante.
Para mí tu nombre es la certeza de que ya existes, de que serás un hombre mejor de lo que somos yo y tu abuelo, y tus tíos. Hablo de la certeza de saber quiénes son mi padre y mis hermanos. Hablo de saber que haré todo lo que tenga que hacer para que vivas cada día tu propia vida, sin tener que cumplir los sueños no cumplidos de nadie. Que vivas tus propias metas, tus propias esperanzas. Y ten por seguro que en cada error (la vida está llena de ellos) estaremos tu madre y yo a tu lado, y tu familia que te espera, para darte la mano que te ayudará a levantarte, para enseñarte el camino que empezaste, para decirte que al final de la esquina hay más porque seguir. Para todo eso y para mucho más, yo estaré a tu lado.
Mientras te escribo estas líneas, descubro cuánto temor siento que algo te pase, en cualquier instante de tu vida, y siento la fuerza necesaria para defenderte de todo, aún a costa de dar mi vida para que vivas tú. Eso, quizá, sea el sentido de ser padre. Gracias, ya estás enseñándome algo.
Recuerdo las veces en que mi trabajo me ha alejado de mi hogar, y pienso en que espero no me pase que me aleje de tus primeros pasos, de tu primera palabra, de los días en que tú más me necesites. Quiero estar a tu lado en todo instante, cuando más sientas que me necesitas, cuando quieras saber la verdad de algo insospechado, cuando no sepas qué decir. Para que aprendas y decidas, para que confíes y actúes. Para estar ahí y demostrarte que tus decisiones son las que tenías que tomar.
Pienso, a medida que leo lo que te estoy escribiendo, en que espero no saques mis defectos, que seas más paciente que yo, más humilde que yo, más inteligente que yo, menos irascible que yo. Que seas un hombre más fuerte de lo que soy yo.
Una larga historia nos espera, Santiago, hijo mío.




