CAMINO A SANTIAGO

La noche en que llegues, asumo que será de noche y de madrugada, empezará para mí un viaje que no acabará hasta el día en que me muera. Será el día en que tendrás todas tus raíces en la tierra y todos tus recuerdos en mi memoria, que se irá fortaleciendo en la medida en que pasen los años y tengas más seres por decir adiós.

Te escribo estas líneas, aun un poco antes que nazcas, un poco antes de tenerte en mis brazos, para que desde el primer día en que eso pase, te cuide siempre, te proteja siempre y te apoye en todo siempre.

Cada día que te veo crecer y moverte en el vientre de tu madre es la experiencia más gratificante que he tenido en mi vida, eres la vida que tanto ansiábamos tu mamá y yo. Cada día que pasa simplemente espero que llegue el día en que tengamos en nuestros brazos y enseñarte todo el largo camino que te tocará recorrer hasta el día en que decidas seguir tu vida al lado de otra persona para formar tu hogar y tener tu propia familia.

No voy a mentir, también me da miedo pensar en todo lo que vendrá con tu llegada: las madrugadas interminables, los llantos inconsolables, las frases ininteligibles, tus pedidos incomprensibles, las miradas de desolación y de temor, los primeros pasos y tus primeros tropiezos. Pero todo eso es lo que hace a la vida, vida. Por ahora solo sé que estaremos a tu lado para ayudarte en todo lo que necesites y sea necesario, y si es posible, más.

Hoy, que está muy próxima tu llegada a nuestra vida de forma absoluta, solo puedo decir que cada día que pasa en mi vida pienso en cuántas cosas tengo por enseñarte, y más aun pienso en todo lo que aprenderé de ti. Amor es una palabra que va quedando corta para decir lo que yo ya siento por ti, porque te amo desde el momento en que tu mamá y yo sospechábamos que ya estabas en nuestras vidas, creciendo desde la unión de dos células, hasta que te vimos por primera vez en una ecografía a colores y descubrimos tus labios, tus deditos, tus brazos y tu piernas, y la certeza que serías un niño.

Para mí tu nombre guarda la relación con una historia increíble y real: el viaje por el camino de Santiago. Una historia que si bien no la he vivido de cerca, la conozco desde años y me cautivó de golpe y de instante.

Para mí tu nombre es la certeza de que ya existes, de que serás un hombre mejor de lo que somos yo y tu abuelo, y tus tíos. Hablo de la certeza de saber quiénes son mi padre y mis hermanos. Hablo de saber que haré todo lo que tenga que hacer para que vivas cada día tu propia vida, sin tener que cumplir los sueños no cumplidos de nadie. Que vivas tus propias metas, tus propias esperanzas. Y ten por seguro que en cada error (la vida está llena de ellos) estaremos tu madre y yo a tu lado, y tu familia que te espera, para darte la mano que te ayudará a levantarte, para enseñarte el camino que empezaste, para decirte que al final de la esquina hay más porque seguir. Para todo eso y para mucho más, yo estaré a tu lado.

Mientras te escribo estas líneas, descubro cuánto temor siento que algo te pase, en cualquier instante de tu vida, y siento la fuerza necesaria para defenderte de todo, aún a costa de dar mi vida para que vivas tú. Eso, quizá, sea el sentido de ser padre. Gracias, ya estás enseñándome algo.

Recuerdo las veces en que mi trabajo me ha alejado de mi hogar, y pienso en que espero no me pase que me aleje de tus primeros pasos, de tu primera palabra, de los días en que tú más me necesites. Quiero estar a tu lado en todo instante, cuando más sientas que me necesitas, cuando quieras saber la verdad de algo insospechado, cuando no sepas qué decir. Para que aprendas y decidas, para que confíes y actúes. Para estar ahí y demostrarte que tus decisiones son las que tenías que tomar.

Pienso, a medida que leo lo que te estoy escribiendo, en que espero no saques mis defectos, que seas más paciente que yo, más humilde que yo, más inteligente que yo, menos irascible que yo. Que seas un hombre más fuerte de lo que soy yo.

Una larga historia nos espera, Santiago, hijo mío.

 

Casa nueva…

Las últimas semanas, y meses, me ha sido muy difícil escribir acá y decir lo que pienso, lo que siento, lo que creo, lo que me pasa o lo que me imagino que pasa. Han cambiado muchas cosa en mi vida (para bien): tengo más trabajo que antes, menos tiempo, me mudé, me casé y voy a ser papá.

Decir que estoy feliz, emocionado, ansioso, es poco. Es todo eso y es mucho más. Vivo con la mujer que amo (y es inevitable extrañar a la familia de uno mismo), estamos aprendiendo cada día a ser una familia más feliz cada día. Cada día que me despierto pienso antes que en nada más, en dos cosas: en nuestro futuro hijo y en mi esposa, Patty. Si estarán bien, si necesitarán algo y se los podré dar, si será todo fácil o si será difícil o si habrá imposibles. Pienso en eso y en mucho más.

Cada día, cada instante, cada hora en que pienso en cómo mi vida ha cambiado en los últimos meses no hago más que sonreír. Es tan fácil ser feliz, pienso, y es tan fácil no serlo. La respuesta para esto está en uno mismo, en decidirse a serlo, en pensarlo y en conseguirlo. En descubrir la forma de hacerlo y de lograrlo. Pienso en todo lo que hicimos para, primero, casarnos, los amigos que nos ayudaron (Dayhana y Marko) con los preparativos y con los trámites, el apoyo de nuestra familias y amistades, el deseo de hacerlo y de mudarnos juntos.

Hace unos meses, a principios de este año, ya habíamos pensado en hacerlo, pero una mañana de pronto decidimos hacerlo ya y acá estamos. felices y contentos. Fue difícil y complicado y acá estamos. Amándonos y demostrándonos  lo que sentimos en cada cosa que hacemos pensando en el otro. Y en nuestro futuro hijo, que aún no sabemos si será niño o niña. Con esto pasa algo muy gracioso en nuestras familias, por mi parte la mía desea que sea niña, pues vengo de un hogar donde fuimos (y somos) cuatro hermanos. Y por el lado de Patty esperan (aunque no lo digan) una niña, pues ella tiene una hermana, y en su familia son mayoritariamente mujeres. Nosotros esperamos que sea lo que Dios decida que sea (aunque en pocos días lo descubriremos gracias a las maravillas de la modernidad y del 4D), y hemos decidido qué nombres ponerles, y que no los digo para que nadie nos arruine la fiesta.

Ahora, que, pensando y reflexionando más en lo que me lleva a escribir esto, puedo decir que cuando deseen algo de verdad, cuando sientan que saben lo que quieren no duden en arriesgarse para lograrlo. Las cosas salen mal porque uno piensa y teme que saldrán mal, las cosas fallan porque uno no sabe llevarlas o se deja llevar por ellas. Jamás dudé de casarme, de ser padre de esta vida que está creciendo día a día en el vientre de la mujer que amo, jamás dudamos de eso y acá estamos, listos para recibirlo y para abrazarlo, cuidarlo y para amarlo, paras darle lo que necesite y lo que quiera. Que sea como el rey sol, como la reina luna: siempre adelante de todo en nuestras vidas, primero en las metas y primera en todo.

Ser padre (que aún no lo soy) es algo que he querido desde hace muchos años, desde que caí en la cuenta de que me realmente me había enamorado de Patty. Siempre pensé en unir mi vida a la de ella y hacer la familia que ambos ya deseábamos. Ser padre o estar camino a serlo es una experiencia maravillosa, ver cada día como crece el vientre que lo alberga. Ver la ecografía y descubrir que está quietecito pero que al oír mi voz se mueve, descubrir sus manitos, que el médico diga que está sano… son sentimientos que me han embargado hasta el borde de las lágrimas, y eso me hace feliz, me hace desear seguir siendo por todo el tiempo que sea necesario y ver cómo crecerá, cómo dirá sus primeras palabras, dará sus primeros pasos, sus tropiezos y triunfos. Me dan ganas inmensas de enseñarle a ser mejores personas de lo que sus papás somos. crecer con nuestro hij@ y envejecer al lado de mi esposa (aún no me acostumbro a decir “mi esposa”).

Si pudiera describir en pocas palabras lo que siento y lo que estoy viviendo usaría las palabras felicidad, satisfacción, esperanza, paz, armonía, emoción, ternura y amor. Y si tuviera que decir más, solo diría, más amor y más alegría y más emoción.

Recién casados.

El sentido de vivir

En mi vida me han pasado cosas buenas y malas. Me han dado noticias buenas, malas y peores. He pasado de todo y por todo y siempre con la mirada firme en lo que quería y quiero hacer. No voy a decir que ya viví de todo, pero sí digo que he vivido de todo, pero aún me faltaba vivir algo que he anhelado desde hace muchos años y que al fin estoy viviendo, voy a ser papá.

La mejor noticia que he recibido en mi vida y me alegro de estar viviéndola con una mujer que amo y que me ama.

Es difícil poder decir qué es lo que sentí, lo que pensé cuando confirmamos las sospechas, cuando comprendimos que lo que estamos suponiendo y queriendo que sea realidad era ya realidad. Nos enteramos de manera oficial el 14 de junio, pero ya varias semanas atrás lo sabíamos. Sabíamos que íbamos a ser padres. Y si dicen que un hijo te cambia la vida, pues a mí y a mi novia ya empezó a cambiárnosla y para bien y para mejor.

Sé que me voy a quedar corto al decir lo que siento, pero me siento realmente feliz y feliz y más feliz. Lleno de cosas nuevas, de fuerzas nuevas, de ganas nuevas. Con deseos de querer hacer de todo, de tener todo listo para cuando ese día llegue, cuando nazca. Aún no sabemos si será niño o niña, solo rezo y deseo que nazca sanito(a) y que todo nos siga yendo mejor cada día y bien cada día.

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No vemos la hora de que llegue el día. Te estamos esperando.

MIL PALABRAS PARA DECIR QUE HE REGRESADO

Es fácil caer, y es más fácil recaer. Llevaba casi medio año sin fumar, sin probar ese vicio que tantos años ha estado a mi lado y caí. Recaí. Lo peor es que la excusa cobarde de “sin darme cuenta” no es verdad, no. Fue una decisión mía y nadie me obligó, ni diré que en medio de unas copas no reparé en lo que hacía. No. Simplemente un día salí de mi oficina, agobiado por el stress, y me fui directo a la bodega para pedir que me vendan una cajetilla de cigarrillos.

Pagué, me di media vuelta y la abrí. Saqué uno, lo golpeé como solía hacer antes, la base contra la cajetilla para que baje el tabaco picado, me lo llevé a los labios y aspiré su delicioso humo que me llevó a uno más de esos momentos que uno quizá podría denomina epifanía: me gusta el tabaco y me acabo de dar cuenta que en estos casi seis meses de su ausencia me he perdido de valiosos minutos a su lado, en su nube, bajo sus efectos, claro que esto último es discutible.

Cuando pienso en qué momento quise fumar se me vienen a la mente dos imágenes, la de mi papá fumando y la de mi actor favorito.Los estudiosos de todo dicen que directamente en el organismo el humo del cigarrillo no otorga ninguna sensación real ni medible, no es alucinógeno ni otorga una sensación real de calma. Pero todo eso lo siento yo cuando inhalo su nube blanca gris, que sé me está matando de a pocos, y no me da miedo.

Es tal vez rebelde e inconsciente esta actitud mía, pero es lo que el cigarrillo en mí provoca. Me gusta fumar y no me avergüenzo.

Es difícil combatir contra esta bestia, es difícil tratar de pensar en que se puede dejar de fumar porque sí, de la noche a la mañana. Esto para mí no es una moda, no es que me guste fumar porque las cajetillas son bonitas, porque es un look o es una moda, o porque me la doy del chico rudo o porque es una pose. No, en mí no es así. Conozco gente que solo compra determinada marca de cigarrillos porque dicen que son más suaves, o más dulces o más amargos o estupideces de esa ralea, que no entiendo, porque para mí los cigarros solo se dividen en buenos y malos. Siempre fumo la misma marca PallMall, que es la evolución (por así decirlo) de Montana, en el Perú digo, pero hay gente que prefiere Hamilton, o hay quienes escogen Marlboro pero lo hacen porque es quizá el lugar por donde llegaron a este mundo.

Y hay gentes, todos detestables y desagradables, que escogen una determinada marca porque es más cara, y tratan de compensar en tener un hábito más costoso lo que jamás tendrán, clase y distinción. Eso, que quede claro, no se compra.

Pero regresando por el camino en que empecé, sigo colgado. Tan colgado y jaloneado por esta adicción que hace pocos días me acosté como a las once de la noche y a eso de la una, después de unas seiscientas vueltas en mi cama, me di cuenta que no podía dormir y que estaba como deprimido. Angustiado, triste e ido. Me empecé a comer mis uñas y taparme y destaparme, sentía una presión en el pecho y hasta un poco de desesperanza. No sabía qué ni porqué. Estaba angustiado. Hasta que caí en la cuenta de lo que me estaba sucediendo, como llevaba pocos días, y pocos cigarrillos, de regreso a este vicio, pues era eso. Necesitaba fumar. Así que en plena madrugada, me volví a vestir, saqué mi alma hacia la calante madrugada del sur de Lima y me dirigí al único lugar en donde sabía que podía abastecer mi vicio: el grifo a la esquina de mi casa. Minutos después, ya feliz y de regreso a mi casa, estaba con un cigarrillo en los labios y las manos en los bolsillos. La verdad es que en invierno me gusta fumar así. Hay gente que no puede, que se atora, que se irrita los ojos, pero yo no, a mí me gusta.

Ahora que estoy de nuevo atrapado en el callejón sin salida del cigarrillo me preocupo un poco. Empecé a fumar a los 15 años y hoy a mis 28, pues llevo casi una vidita fumando. Una vidita de 13 años que pueden ser 13 años por vivir. Si bien aún no tengo hijos, está en mi plan de vida y de metas el ser padre, y eso implica también el querer verlos crecer y hacerse hombres, o mujeres. Y claro, este hábito tan noble pues precisamente no es edificante en esto.

Pero no puedo negarlo, me tengo que sonreír a mí mismo, pues mientras estas líneas digito estoy fumando sin usar las manos. Es gracioso pero es por las noches, de madrugada casi, en que mejor me siento y mejor es para mí el momento del día para fumar y para escribir. Las ideas fluyen como las volutas del humo sobre mi cabeza.

Aunque debo confesar algo, quisiera no ser esclavo de ese humo que sale de mi boca y de mi nariz, y es que si bien con el cigarro las conversaciones son más productivas y geniales, y los tragos son más ligeros y largos, y el amor es más profundo y pausado, la vida no tiene el mismo sabor con los cigarrillos. No, sabe distinto, tanto que alguien menos decidido que yo podría asegurar y reafirmar que al fumar las cosas ya no saben como son: el dulce de mamá es más agrio, la comida de tu mujer es menos jugosa. Además que están ellas también, quienes deben acostumbrarse a ese aroma en nuestros besos, en nuestras caricias y en nuestro desnudarnos. Afortunadamente para mí, mi enamorada no rechaza ese aroma que me impregna el cigarro y se combina con miolor natural y mi clásica fragancia que uso desde hace más de una década. Claro, ella, como en muchas otras cosas de la vida, es la más única de todas.

La madre de las resacas

Jodido. Sin cabeza ni cuerpo. Cansado y con la cara llena de las evidentes huellas de la resaca. Las cuencas de los ojos llenas de capilares reventados por la potencia de las arcadas. Borrachera y vomitadera. La madre de todas las resacas.

Ni que decir de la sarta de estupideces que uno hace bajo los efectos del alcohol, la fanfarronería, la grandilocuencia, y lo peor de todo, hablar de más a los demás.

Qué bueno fuera que la borrachera te agarre en la soledad, pero te da en público y jodido.

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